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Uzbekistán 41. Bujara. La mezquita del Viernes: Bolo-Hauz



El mercado estaba a unos pasos de la fuente de Ayub. Las camionetas de reparto estaban aparcadas junto a sus muros. Disfrutamos del color de las frutas y las verduras, de las especias y de los productos cotidianos, de las sonrisas de los vendedores y del ajetreo de las compras.

Comimos en un restaurante al aire libre dominado por los lugareños. Creo que no fue una buena idea ya que el calor a esa hora del mediodía era insoportable. El aire era pesado, irrespirable, aunque a veces se movía una ligerísima brisa. Tomamos sopa, cómo no, y plov. La cerveza no estaba demasiado fría y se puso caldorra muy rápido. Con la exasperante lentitud local, me la bebí mucho antes de que trajeran la comida, lo cual me dio un puntillo gracioso durante la espera.

Un poco más lejos sobresalía un antiguo depósito de metal, un ingenio que había sustituido a las soluciones más tradicionales para el abastecimiento de aguas. Desde allí las vistas debían ser fantásticas.
La tarde nos condujo hasta los edificios que representaban los núcleos de poder del janato, tanto en lo religioso como en lo político y económico. La riqueza de la Ruta de la Seda se transformaba en piedra, su espiritualidad en hermosas mezquitas y el resultado del comercio en palacios y madrasas. En un espacio que podía ser recorrido a pie se abarcaba una parte importante de la historia de Bujara.

El restaurante estaba en la misma plaza de la mezquita Bolo-Hauz, la mezquita del Viernes, la que era utilizada por el emir para sus rezos y las coronaciones. Carecía del elemento vertical del pishkek, que en este caso lo sustituía un hermoso pórtico de veinte columnas de madera en dos filas que estilizaban la sala abierta del iwan. Las columnas terminaban en capiteles en forma de panal. El techo era de casetones bien trabajados que mantenían parcialmente los colores originales. Este conjunto del techo era magnífico y nos mantuvo pendientes de sus adornos durante un buen rato.

Pero había que alejarse un poco, hasta el otro lado del estanque, para contemplar en todo su vigor el pórtico. Desde allí comprobabas la combinación de sofisticación y majestuosidad, su armonía, que se reflejaba en las aguas del estanque. A un costado quedaba el alminar, de reducidas proporciones en relación con el resto del conjunto.

El portal estaba decorado con azulejos con diversos motivos. Las alas laterales eran de ladrillo visto. Allí trabajaban el metal un par de artesanos que mostraban con orgullo sus certificados y algunas informaciones aparecidas en periódicos extranjeros.

La sala de los rezos no era muy grande. Del blanco techo descendía una enorme araña de cristal. El blanco general alternaba con el azul del mihrab y con una cenefa con inscripciones cúficas. Sólo había dos personas entregadas a sus oraciones.
Desde luego, una obra digna de un soberano.


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